jueves, 27 de agosto de 2015

La historia detrás del irreverente periodista Renato Leduc

Qué mejor manera de conocer a la ciudad de México, surrealista y extrovertida, que a través de la pluma de los que la viven a la par de su propia astucia y entidad, de los que no sólo conocen su lengua sino la respiran. Entre estos ingeniosos y expertos de la metrópoli se encontraba Renato Leduc, periodista y diplomático francomexicano, quien logró establecer un vínculo eterno entre el uso agudo del lenguaje y la realidad ingeniosa que sólo el citadino defeño es capaz de experimentar.

Además de ser una avenida en la delegación Tlalpan, al sur de la ciudad, el nombre de Renato Leduc trasciende a historias de otra época, otros ideales, otros sueños e inclusive otros amores, los cuales guardan aún su memoria en las calles y rincones a lo largo de la capital del país. Su labor como poeta y periodista logró que se reconociera la cultura de la cantina, como si de cada palabra escrita surgiera el lenguaje callejero, la ironía, el ingenio, la crítica y la denuncia de la realidad mexicana; que se volviera uno de los artistas e intelectuales más notables que supiera el uso adecuado del lenguaje, pudiendo jugar con la elegancia y la vulgaridad.

 

Su historia inicia en 1895 en una de las haciendas de Tlalpan, donde aprendió de su padre, Alberto Leduc, escritor modernista, los inicios de una vida bohemia y defensora de las causas populares. De hecho, se cree que él inició estudiando como telegrafista, carrera que le ayudó posicionarse como el telegrafista de Pancho Villa. Continuó estudiando Jurisprudencia en la Universidad nacional de México, colaborando en periódicos y revistas culturales como poeta, cuentista y cronista. Fue hasta 1935, cuando viajó a París como diplomático con el apoyo de la Secretaria de Hacienda, donde se dedicó a perfeccionar su estilo literario al entablar amistad con André Breton, Paul Éluard, Joan Miró, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Marcel Duchamp y Max Ernst, a quien Leonora Carrington había seguido, enamorada, desde Londres enamorada aunque él estuviera casado y tuviera 27 años más que ella.

Durante estos años parisinos, Leduc aprendió a volverse un poeta antagonista de la discreción, la mesura y la melancolía, las cuales eran las características más notorias de la poesía mexicana de la época. Se volvió irreverente e ingenioso, un reflejo del juego, la burla, la ironía y la nostalgia para ridiculizar hechos solemnes de la vida diaria y para desprestigiar las categorías del arribismo y la corrupción de México.

 

Para ese entonces, la Segunda Guerra Mundial apenas estaba iniciando con el avance alemán sobre el territorio francés y de los Países Bajos, lo cual provocó que los alemanes persiguieran a sus enemigos, entre los cuales se encontraba Max Ernst. Como única vía de escape, Leonora huye de Francia sufriendo un brote psicótico por su separación, resultando en su estancia momentánea en un manicomio en Santander (España) en 1941. Mientras tanto, Leduc se encontraba trabajando en la embajada de México en Madrid, sin lograr regresar a su país de origen. Fue cuando la antigua amistad logra reencontrarse, llegando a un acuerdo que beneficiaría a ambos: la única solución era el de su matrimonio para que ella adquiriera el rango de esposa de un diplomático extranjero de un país que no está en guerra.

 

Su boda, sencilla y discreta, tuvo lugar en Madrid de 1941. De ahí dieron su primer paso para salir de Europa: se fueron a Marruecos, de donde salían los transportes a EE.UU. Ahí lograron partir hacia Nueva York, lugar que se convertiría en un sitio inhóspito de no haberse comprado un vehículo viejo con el que huyeron hacia México. Un año después, llegaron a la colonia Tabacalera, en la ciudad de México, habitando en los barrios viejos, entre cafés de chinos, cantinas, toreros, artistas, políticos, antiguos revolucionarios y surrealistas. De acuerdo con numerosos datos biográficos, mientras él buscaba trabajo, ella lo esperaba horas en Los Pericos, un café al estilo mexicano. Esto generó que ella comenzara a conocer la cultura mexicana, su alma surrealista de lo que es incomprensible para quien no ha nacido ahí: “México el inconcebible, el mágico, el del fatal desenlace al que también llegaron Lowry, Lawrence, Craine, Porter, Green… México, el de todo está bien, aunque no esté bien. El México surrealista que se ponía a disposición de una artista del surrealismo.” Sin embargo, esa unión sólo duró dos años. Y es que, a pesar de ser “el amor de la vida” de cada uno, tomaron la decisión de divorciarse ya que era lo convenido. En la memoria de Leduc, “vivo de lo poco que aún me queda de usted. Su perfume, su acento, una lágrima suya que mitigó mi sed.”

En la ciudad de México, este poeta involuntario y bohemio irreverente, se convirtió en una figura que lograba mezclarse entre el pueblo y la clase alta. Sin más, él inventó un estilo insolóito que reflejaba las consecuencias de la revolución, los viajes, las guerras, el contacto con pintores y escritores surrealistas. Era agresivo y elegante, lúcido y enjundioso. Una leyenda que inclusive María Félix deseaba desposar, haciendo que él sonriera y sentenciara: “No, no me chingues, María. Yo estoy contento de ser el señor Leduc, ¿por qué voy a ser el señor Félix? Tú tienes que casarte con alguien como Stalin. Fuera de ese cabrón, a todos los que se metan contigo te los chingas.”

 

A través de sus obras, como El aula (1929), Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario (1933), Breve glosa al Libro de Buen Amor (1939), Desde París (1942), XV fabulillas de animales, niños y espantos (1957), Catorce poe­mas buro­cráti­cos y un cor­rido reac­cionario, para solaz y esparcimiento de las clases económi­ca­mente débiles (1963),  Leduc logró que la ciudad de México trascendiera los límites del tiempo. Por esta razón, en 1978, obtuvo el Premio Nacional de Periodismo de México, un reconocimiento a su trayectoria en el Excélsior, y el Francisco Martínez de la Vega, en 1985, por la Asociación de Periodistas Democráticas.

 

 Twitter de la autora: @deixismj

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